El examen que «escucha» al cerebro desde que naces

Imagina poder saber si un bebé de dos días de nacido escucha bien, sin que tenga que levantar la mano ni decir una palabra. Eso es exactamente lo que hace el ABR (Auditory Brainstem Response, o Potencial Evocado Auditivo de Tronco Cerebral, PEATC). Es una de las pruebas más valiosas de la audiología y la neurofisiología moderna, y su utilidad no se limita a los recién nacidos: acompaña a las personas desde el primer día de vida hasta la adultez. No requiere que el paciente colabore. Puede hacerse dormido, sedado o incluso bajo anestesia.
En el recién nacido: la primera oportunidad de intervenir a tiempo
La aplicación más conocida del ABR es el tamizaje auditivo neonatal. La audición es la base sobre la que se construye el lenguaje oral, así que cualquier pérdida auditiva no detectada a tiempo puede tener consecuencias que se arrastran durante años. Por eso la prueba se recomienda dentro de las primeras 24-48 horas de vida, o como máximo en el primer mes.
En bebés con factores de riesgo —prematuridad, antecedentes familiares de hipoacusia, infecciones maternas como citomegalovirus, hiperbilirrubinemia o uso de medicamentos ototóxicos— el ABR se vuelve todavía más relevante. Estudios en población prematura han encontrado que un porcentaje considerable de las vías auditivas evaluadas presenta algún grado de hipoacusia, y que el retraso en las latencias suele explicarse por un proceso de mielinización aún incompleto en el sistema nervioso.
Un dato clave que vale la pena compartir con los padres: un ABR normal no garantiza por sí solo que el lenguaje se desarrolle sin problemas. Por eso, incluso con un resultado favorable, se recomienda mantener una vigilancia continua del desarrollo auditivo y del lenguaje durante los primeros años.
En la infancia: seguimiento del desarrollo
A medida que el niño crece, las latencias del ABR se van acortando —reflejo de la maduración progresiva de la vía auditiva— hasta estabilizarse alrededor del primer año de vida. Esto permite usar la prueba no solo como diagnóstico puntual, sino como herramienta de seguimiento en niños con riesgo auditivo, candidatos a implante coclear, o en quienes existe sospecha de que un retraso del lenguaje podría tener un origen auditivo y no neurológico o conductual.
En la adultez: mucho más que una prueba de audición
Pasada la infancia, el ABR cambia de propósito: se convierte en una herramienta neurológica de primer nivel. Se utiliza, entre otras cosas, para:
- Detectar neurinomas del acústico, tumores benignos del ángulo pontocerebeloso que pueden alterar la conducción del nervio auditivo.
- Apoyar el diagnóstico de esclerosis múltiple, ya que el daño a la mielina retrasa la conducción nerviosa; un retraso de apenas 10 milisegundos en la respuesta puede ser indicio de una lesión, incluso antes de que aparezcan síntomas evidentes.
- Monitorizar cirugías en las que existe riesgo para el nervio auditivo o el tronco cerebral, alertando al equipo quirúrgico en tiempo real si se detecta un cambio en la señal.
En estos casos, el ABR compite en utilidad con estudios más costosos como la resonancia magnética, con la ventaja de ser rápido, no invasivo y económico.
Yury Lemus
Fonoaudióloga especialista en audiología





